jueves, 17 de febrero de 2011

Una carta

Hace un vago número de muchos meses que ve cómo la miro, me ve mirarla constantemente, siempre con la misma mirada incierta y solícita. Sé que lo ha notado. Y como lo ha notado, debe haber hallado extraño que esa mirada, no siendo propiamente tímida, nunca esbozase una significación. Siempre atento, vago y el mismo, como contento de ser sólo la tristeza de eso... Nada más... Y dentro de su pensar en eso --sea cual sea el sentimiento con el que ha pensado en mí-- debe haber excrutado mis posibles intenciones. Se debe haber explicado a sí misma, sin sentirse satisfecha, que soy o un timido especial y original, o alguna especie de cosa emparentada con el estar loco.
Yo no soy, Señora mía, ante el acto de mirarla, ni estrictamente un tímido, ni exactamente un loco. Soy otra cosa primera y diversa, como, sin esperanza de que me crea, lo voy a exponer. Cuántas veces yo decia en voz baja a su ser soñado: Cumpla su deber de ánfora inutil, cumpla su deber de mera copa.
¡Con qué nostalgia de la idea que quise forjarme de usted entendí un día que estaba casada! El día en qué entendí eso fue tragico en mi vida. No tuve celos de su marido. Nunca pensé si acaso lo tenía. Tuve simplemente nostalgia de mi idea de usted. Si un día supiera este absurdo --que una mujer en un cuadro-- sí esa-- estaba casada, el mismo sería mi dolor.
¿Poseerla? Yo no sé cómo se hace eso. Y aunque tuviera sobre mí la mácula humana de saberlo, ¡que infame sería para mí mismo, qué insultador agente de mi propia grandeza, al pensar siquiera en nivelarme con su marido!
¿Poseerla? Un día que tal vez pase sola por una calle oscura, un asaltante puede subyugarla y poseerla, puede fecundarla incluso y dejar detrás de sí ese rastro uterino. Si poseerla es poseerle el cuerpo, ¿que valor hay en ello?
¿Qué no le posee el alme?... ¿Cómo se posee un alma? Y ¿puede haber un amante tan hábil que consiga poseerle ese alma? Que sea su marido ese... ¿Quería que descendiese a su nivel?
¡Cuántas horas he pasado en secreta compañía con la idea de usted! ¡Nos hemos amado tanto dentro de mis sueños! Pero incluso ahí, se lo juro, nunca me he soñado poseyéndola. Soy un delicado y un casto incluso en mis sueños. Respeto hasta la idea de una mujer bella.
Yo no sabría nunca cómo adaptar mi alma a llevar mi cuerpo a poseer el suyo. Dentro de mí, incluso al pensar en ello tropiezo con obstáculos que no veo, me enredo en telas que no sé qué son. ¿Cuánto más me sucedería si yo quisera poseerla realmente?
Porque yo --se lo repito-- sería incapaz de intentar hacerlo. Ni siquiera puedo adaptarme a soñar haciéndolo.
Son estas, Señora mía, las palabras que tengo que escribir al margen de la significación de su mirada involuntariamente interrogativa. Es en este libro donde, primero, leerá esta carta para usted. Si no sabe que es para usted, me resignaré a que así sea. Escribo más para entretenerme que para decirle alguna cosa. Sólo las cartas comerciales son dirigidas. Todas las otra deben, por lo menos para el hombre superior, ser solamente para sí mismo.
Nada más tengo que decirle. Crea que la admiro tanto como puedo. Me resultaría agradable que pensara en mí alguna vez.


Bernardo Soares. Libro del desasosiego

El Sol - René Espinosa. La última inocencia 2011

Tengo una caja de ausencia. Tórax de cartón, lugar sin centro. Hay cosas que no tienen nombre dentro de mí, cosas que guardo como tesoros  o...