martes, 16 de septiembre de 2025

Celulla - René Espinosa C



El cine ha sido muy importante en mi vida. Uno de mis recuerdos más lejanos, es mi padre susurrándome en la oscuridad de una sala de cine todos los subtítulos de la película de principio a fin. El cine era para mí otro cuento, como los que mi madre me leía en la noche, pero no para dormir y soñar, sino para soñar despierto.

Aún existían los videoclubs, en su mayoría piratas, donde no existían los tráiler, ni los estrenos. Era ir al cine o viajar al pasado, miles de vidas ocultas en repisas empolvadas con VHS infinitos.  Así vi WaterWorld, La historia sin fin, The goonies, y recuerdo reliquias como Viaje al centro de la tierra de 1959. El catálogo de mi infancia también es extenso, y eso sin contar las películas que se retransmitían en la tele, y las que todos veíamos ir y venir en las cartelas, las que poco a poco poblaron mis recuerdos.

Cuando tenía unos 10 años recuerdo levantarme los domingos a las 7 de la mañana para ir corriendo a comprar el periódico, desayunar viendo la cartelera y negociando qué película ver ese día, salir a toda velocidad para llegar a la fila de la primera función, al menos 45 minutos antes de que abran siquiera la puerta.

Con la adolescencia el cine empezó a tener un uso práctico. Historias que daban sentido a mis historias, frases a mis propios guiones, y cierta profundidad a mis tragedias. Alguna vez, por ejemplo, uno de mis amores imposibles agrandó mi ruptura con el mundo, y señaló uno poco más mí rareza. Entender a los demás y su lenguaje se me hacía imposible, me hacía sentir tonto y perdido. Entonces, estaba Alabama, al pie de una escalera, diciendo a una mujer hermosa y cruel, “no soy un hombre muy inteligente, pero sé que es el amor”. Igual que en la historia original, la amada se iba, pero en esta historia no volvía para cerrar la película, no dejaba rastro, solo un dolor en el pecho y los créditos que marcaban el inicio de otra película. 

Recuerdo sentirme perdido cuando Evan Treborn pasa junto Kayleigh, al final de la película, sin decirle nada, porque prefiere verla feliz que ha su lado. O llegar a cierta lucidez cuando John Nash, con todos sus fuerzas, logra ignorar a sus propias alucinaciones porque tiene que vivir, tiene que sobrevivirse, para estar junto a su esposa y su hija. El principio de todas las historias siempre fue hacernos vivir sin sufrir, pero he llorado con cada despedida, cada corazón y cada muerte. 

Cuando tenía 17 años buscaba irme a Francia para estudiar cine. Tuve clases de francés por dos años, averigüé todo el papeleo, y tomé varios cursos de cine. Sin embargo, en el momento decisivo me quedé en Quito. Ir a Francia, en mi propia película, significaba no volver, morir en el intento. Siempre me creí un poco poeta maldito.  

Lo bueno es que la vida no es una película, se parece más a una serie de 90 temporadas, toda una obra poética, un río, un mar. Tengo tantas películas dentro y fuera de los ojos.

Cinco años después, cuando ya era profesor de cine, todos los días disciplinadamente empezaba a leer a las 10:00, cerraba mi libro a las 12:00, y veía a una  película hasta las tres de la mañana. Esa época duró seis años. Eso quiere decir 2190 películas, sin contar las que veía en el cine, las que veía en clase, las que repetía, y todas las que había acumulado. 

Tantas películas, tantos libros, tanto sueños. Tengo en mí todos los sueños del mundo.

Hace poco, fui a ver una película con mi hijo y mi esposa, al final Toto salió corriendo feliz en la oscuridad del pasillo, largo y obscuro, como un túnel. Pensé en mí, pensé en mi madre, pensé en mi esposa, que también conocí en el cine, pensé en la escena de Cinema Paradiso donde la viuda espera a su hijo, de noche, en una esquina de la plaza, con una mirada de alivio y tristeza, porque el niño desapareció en la tarde, pero solo se gasto el dinero de la compra para entrar al cine. 

Si soy quien soy es por todas las historias que pasan por mi cuerpo, y no todas son mías. Son las que cuento, las películas que obligué a ver a mi esposa, las que quiero compartir con mi hijo. Son el libro que regalaba a todas las personas que quería, y que la ultima vez volvió a mi casa y me dejó con dos copias y una vida completa. 

Quiero que la vida sea infinita como los sueños. Quiero que Toto viva y sueñe tanto como yo. 

El Sol - René Espinosa. La última inocencia 2011

Tengo una caja de ausencia. Tórax de cartón, lugar sin centro. Hay cosas que no tienen nombre dentro de mí, cosas que guardo como tesoros  o...