Nunca conocí a nadie a quien le hubiesen roto la cara.
Todos mis conocidos fueron campeones en todo.
Y yo, que fui ordinario, inmundo, vil,
un parásito descarado,
un tipo imperdonablemente sucio
al que tantas veces le faltó paciencia para bañarse;
yo que fui ridículo, absurdo,
que me llevé por delante las alfombras de la formalidad,
que fui grotesco, mezquino, sumiso y arrogante,
que recibí insultos sin abrir la boca
y que cuando abrí la boca fui más ridículo todavía;
yo que resulté cómico a las mucamas de hotel,
yo que sentí los guiños de los changadores,
yo que estafé, que pedí prestado y no devolví nunca,
que aparté el cuerpo cuando hubo que enfrentarse a puñetazos,
yo que sufrí la angustia de las pequeñas cosas ridículas,
me doy cuenta que no hay en este mundo otro como yo.
La gente que conozco y con quien hablo
nunca cayó en ridículo, nunca sufrió un insulto,
nunca fue sino príncipe -todos ellos príncipes- en la vida...
¡Ah, quién pudiera oír una voz humana
que confiese no un pecado sino una infamia;
que cuente no una violencia sino una cobardía!
Pero no, son todos la Maravilla si los escucho.
¿Es que no hay nadie en este ancho mundo capaz de confesar que una vez
fue vil?
¡Oh príncipes, mis hermanos!
¡Basta, estoy harto de semidioses!
¿Dónde está la gente de este mundo?
¿Así que en esta tierra sólo yo soy vil y me equivoco?
Admitirán que las mujeres no los amaron,
aceptarán que fueron traicionados -¡pero ridículos nunca!-
Y yo que fui ridículo sin haber sido traicionado,
¿Cómo puedo dirigirme a mis superiores sin titubear?
Yo que fuí ,literalmente vil,
vil en el sentido mezquino e infame de la vileza.
miércoles, 5 de septiembre de 2012
domingo, 12 de agosto de 2012
Voces - Antonio Porchia (fragmentos 1)
***
A veces hallo tan grande a la miseria que temo necesitar de ella
***
Nada no es solamente nada. Es también nuestra cárcel.
|
***
El dolor no nos sigue: camina adelante.
***
Sí, me apartaré.
Prefiero lamentarme de tu ausencia que de ti
***
Te llevaré flores donde ellos saben que estás y donde yo sé que estás;
en ambos lugares distintos.
***
Cuando tú y la verdad me hablan, no escucho a la verdad. Te escucho a ti.
lunes, 7 de mayo de 2012
El pozo (fragmento) Juan Carlos Onetti
Siempre tuve miedo de dormir antes que ella, sin saber la causa. Aun adorándola era algo así como dar la espalda al enemigo, no podía soportar la idea de dormirme y dejarla a ella en la sombra, lúcida, absolutamente libre y viva aún. Espere a que se durmiera completamente, acariciándola siempre, observando como el sueño se iba manifestando por estremecimientos repentinos de las rodillas y el nuevo olor, extraño, apenas tenebroso, de su aliento. Y después apague la luz y me di vuelta, esperando, abierto al torrente de imágenes, pero aquella noche no vino ninguna aventura para recompensarme el día. Debajo de mis parpados se repetía tercamente una imagen ya alejada, era precisamente la rambla, a la altura de Eduardo Acebedo, una noche de verano antes de casarnos, y yo la estaba esperando apoyado en la baranda, metido en la sombra que olía intensamente a mar. El viento la golpeaba en la pollera, trabándole los pasos, haciéndole inclinarse apenas, como un barco de vela que viniera hacia mí, desde la noche.
Entonces tuve aquella idea idiota, como una obsesión. La desperté. Le dije que tenia que vestirse de blanco y acompañarme. Había una esperanza, una probabilidad de tender redes y atrapar el pasado y la Ceci de entonces. Yo no podía explicarle nada, era necesario que ella fuera sin plan, no sabiendo para qué, tampoco podía perder tiempo, la hora del milagro era aquella, enseguida. Todo esto era demasiado extraño y yo debía tener cara de loco. Se asusto y fuimos. Varias veces subió la calle y vino hacia mí con el vestido blanco donde el viento golpeaba haciéndole inclinarse. Pero allá arriba, en la calle empinada, su paso era distinto, reposado y cauteloso, y la cara que acercaba al atravesar la rambla debajo del farol era seria y amarga. No había nada que hacer y nos volvimos.
Entonces tuve aquella idea idiota, como una obsesión. La desperté. Le dije que tenia que vestirse de blanco y acompañarme. Había una esperanza, una probabilidad de tender redes y atrapar el pasado y la Ceci de entonces. Yo no podía explicarle nada, era necesario que ella fuera sin plan, no sabiendo para qué, tampoco podía perder tiempo, la hora del milagro era aquella, enseguida. Todo esto era demasiado extraño y yo debía tener cara de loco. Se asusto y fuimos. Varias veces subió la calle y vino hacia mí con el vestido blanco donde el viento golpeaba haciéndole inclinarse. Pero allá arriba, en la calle empinada, su paso era distinto, reposado y cauteloso, y la cara que acercaba al atravesar la rambla debajo del farol era seria y amarga. No había nada que hacer y nos volvimos.
viernes, 27 de enero de 2012
Carta a Natalia - René Espinosa
Natalia
No te extraño, es que el mundo me duele como una enfermedad. Todavía pienso que me conoces a veces.
Solamente eso.
Hoy tuve ganas de lagrimas.
René
No te extraño, es que el mundo me duele como una enfermedad. Todavía pienso que me conoces a veces.
Solamente eso.
Hoy tuve ganas de lagrimas.
René
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