lunes, 4 de mayo de 2026

¿y por qué leo?



La relación con los libros no se construye a través de la lectura, se construye a través de los objetos. Me interesó siempre, por obvias razones, mi propia relación con los libros. Recuerdo que al empezar a publicar o declarar mi intención de ser escritor, una de las  preguntas más repetitivas de los conocidos de la familia, sobre todo de los mayores, era “¿y de dónde viene pues esta vena literaria?”. Mis abuelos orgullosos solían responder haciendo referencia a mi tío abuelo Raúl Silva, que también fue escritor, y no era mentira, sin embargo esta respuesta no tomaba en cuenta que yo no conocía a mi tío, lo había visto 1 o 2 veces en la vida debido a que vivía en Michigan desde hacía al menos 30 años antes de mi propio nacimiento.  Las respuestas de mi padre eran parecidas pero mucho más míticas, el Silva, según él, iba de regreso hasta La Generación Decapitada, hecho que nunca fue demostrado y es seguramente ficticio. En todo caso, la habilidad de mi padre para crear historias es mucho más influyente que aquellos lazos sanguíneos, o lejanos o inexistentes. 


La pregunta inicial y las hipótesis, sin embargo, ocultan una verdad. La escritura y la lectura no pueden ser espontáneas, como dijo Fernando Pessoa, escribo porque alguien escribió antes que yo, no sé si podría haber sido el primer poeta.  Me dediqué entonces a pensar de dónde viene realmente mi gusto por los libros y la escritura, que acciones, omisiones, buenas y malas costumbres de los otros se volvieron parte de mí, y me pusieron en este camino. Cómo, yo que vengo de una familia de no lectores, me volví lector y aún más extraño, cómo me volví escritor. 


No recuerdo ver a ninguno de mis padres o abuelos leer libros, todos eran consumidores rutinarios de los diarios. Esta costumbre era visible para mí sobre todo los fines de semana, cuando con el pan comprado a las 6:30 de la mañana, venía también el periódico, y la primera media hora del día, mientras el desayuno se servía o mientras los hijos terminaban de despertarse, se dedicaba a la lectura. Es un recuerdo valioso pero pequeño, y está acompañado de olores, sabores y bulla. Sin embargo, no recuerdo ver nunca literatura en las manos de mis mayores. Se que en mi casa aparecían cada cierto tiempo manuales de informática, libros para mí y mi hermana, pero no recuerdo a nadie leyendo para sí mismo, pausando la vida práctica, leyendo en el sillón al atardecer. 


Mis padres si tenían la sana costumbre de leernos un par de cuentos antes de dormir, mi favorito era Peter Pan. Esta costumbre debió durar hasta cerca de los 11 años. No era algo diario pero sí frecuente, mi mamá aún recuerda que siempre pedíamos un cuento más, como todos los niños. 


Un elemento que se debe tomar en cuenta es que las tres casas principales de mi familia contaban con bibliotecas. Mi abuelo nunca fue lector, eso sí, se había encargado a lo largo de su vida de comprar libros, colecciones y enciclopedias para, como él mismo decía, que los lean sus nietos cuando necesiten. Llegué incluso a encontrar joyas ocultas en la biblioteca de mi abuelo, como un ejemplar de 100 años de soledad de Sudamericana, que años más tarde me vi en la obligación de robar, pero nunca hablé con mi abuelo de ningún libro. 


Mi tío abuelo, por otro lado, fue un gran lector y su biblioteca era aún más grande, sin embargo, trabajaba mucho, nunca estaba en casa, y  aunque tenía un carácter amable y abierto, solo llegamos a conversar de literatura ya en mi vida adulta. Parte de su biblioteca se volvió mía cuando dejó su gran casa por un departamento de un solo andar y 3 dormitorios.


Lo importante es que los libros de esas bibliotecas no servían para ser leídos. Su primer uso, y tal vez el más importante, fue ser parte de los juegos que inventábamos incluso antes de saber leer. Los libros que antes de ser libros fueron bloques de construcción, piezas de dominó gigantes preparadas para una destrucción en cadena, piedras y puentes para jugar al piso es lava, casas y castillos para nuestros muñecos. Con mis primos, solíamos utilizar las enciclopedias del reino animal para un juego parecido al As, dos, tres. Un juez era el encargado de pasar las páginas como si fueran naipes, los participantes buscaban ganar los animales más feroces y poderosos mientras las hojas pasaban, solo tenías que ser el primero en colocar la mano sobre la página y el animal deseado. Por la velocidad, la fuerza, y el azar a veces eras león y otras veces más divertidas eras gusano o cucaracha gigante de Sudamérica. 


Al pasar los años, muchos libros pasaron a ser mi guía de dibujo, copiaba los animales, las ilustraciones que tenía algunos, y unos pocos cuadros famosos que venían en las enciclopedias. Su uso pedagógico llegó recién en la secundaria y su uso literario empezaría el verano de 2003 o 2004 cuando mis escritos se volvieron poemas y se acababa el presupuesto de mis padres para comprar mis libros propios. 


Se que la presencia de estos objetos fue importante porque mi hermana y todos mis primos, en algún momento llegaron a sus propios libros. Recuerdo pelear con mi hermana porque yo necesitaba un libro nuevo y ella defendía la economía familiar, también recuerdo menospreciarla infantilmente por no leer y acusarla de mensa y superficial, pero luego me sentí orgulloso de encontrar en su casa sus lecturas personales. Lo mismo me pasó como mi primo Carlos, en la adolescencia un ser mucho más empírico que yo, pero mucho más meditativo y lector, cuando fuimos compañeros de casa al cumplir los 20.  Puedo decir que todos aquellos que jugaron con esos libros, aunque muy diferentes en la adolescencia y los años de locura, y aunque la mayoría abandonara por completo la lectura en esos mismos años, son ahora adultos que vuelven que leen, que tienen una amplia cultura general y vocabulario suficiente para pelear en los juegos y trivias de fin de año, incluso ahora. 


Por otro lado, relaciono también los libros directamente con el cine. Las historias y la necesidad de conocer no dependen del formato, la presentación puede variar pero debemos convertirnos en consumidores de historias, al final el conocimiento viaja mejor con la anécdota, y lo que empieza con sorpresa se transforma en curiosidad. Mi contexto y época tienen, en ese sentido una ventaja, no podíamos elegir de un catálogo de libros, ni series, ni películas. Esto es contradictorio puesto que actualmente el acceso es casi infinito para el que sabe buscar, pero la curiosidad y la voracidad ciertamente han disminuido.  La imposibilidad de elegir, de tener un algoritmo que se adapte a nuestras preferencias, fue muy productivo en términos de diversidad y fue un factor decisivo para la curiosidad. Debe haber incomodidad para descubrir, recuerdo odiar películas la primera media hora y guardarlas como tesoros toda la vida, también seguí emocionado algunas recomendaciones para decepcionarme después, o encontré por error y aburrimiento películas que quise mostrar a mi amigos insistentemente. Me gustaría saber cuanto tiempo de mi vida gasté en bibliotecas, videoclubs, páginas web piratas, solamente buscando nuevas historias, cuantas historias malas tuve que ver para encontrar esas que hoy guardo como mías. Además, estoy seguro que lejos de mis preferencias o la calidad de la materia prima, todo sirvió para iniciar una buena conversación, para conocer gente, para reír en una sobremesa, con un vaso de cola o de whisky. Soy, sin duda, todos los libros que leí, no importa si los guarde en mi mesa de noche, o si me arrepentí del tiempo que les dediqué cuando llegué a la última hoja. 


En el caso de la escritura, rastrear el origen es mucho más complicado. La necesidad de contar mis propias historias, era el paso natural después de devorar tantas, pero es un paso que llega tarde, cuando ya hay vida suficiente. Cuando era pequeño me gustaba mucho inventar pero no escribir, lo narrativo pertenecía a la memoria y la oralidad, sólo escribía intentos de canciones y luego pequeños poemas.  En esto también tiene responsabilidad mi familia, en la costumbre de mi abuela de tener el radio prendido todo el día, como un acompañante invisible, como parte del ambiente de la casa. Ella me cuidaba desde muy pequeño, yo llegaba a su casa a las 6:30 de la mañana  y la radio ya estaba prendida, y el café ya estaba pasado. Los pasillos y la música nacional sin duda tienen que ver con mi poesía, con mi inicio modernista, con mi tragedia temprana. En la casa de mi abuela y la de mis padres aún se conserva la misma costumbre. Mis primeros versos vienen de la época del kinder y tienen mucho de música de bus, además de corresponder perfectamente con el estilo de la música bailable de los 90:


Alana Llerena

morena, bien buena. 


Estoy seguro de que este “poema” fue de creación colectiva, participaron en su invención al menos dos compañeros que viajaban conmigo en el transporte del Kinder “Mi pequeño Toqui”. Alana fue la primera niña que me gustó.  


Entre ese verso y la poesía formal pasaron alrededor de 10 años. A los 14 escribía periódicamente, con el mismo pretexto, escribía para alguien, generalmente una niña que quería en secreto. Cuando tenía 15 decidí que quería ser escritor. Mis primeros textos los entregué, como cartas, valientemente. Espero que se hayan perdido, porque recuerdo algunos con vergüenza. Otros fueron víctimas del lugar común donde los escritores queman sus escritos, yo lo hice a los 18 años en la terraza de mi casa, con solamente una persona como testigo, alguien querido, leíamos acostados en el tejado. 


Poco a poco adopté una costumbre particular, a cada persona amada, le regalaba mi libro favorito. Creía que podían conocerme más leyendo ese libro que hablando conmigo. Compré una y otra vez el mismo libro. Amé y perdí muchas veces. Hasta que conocí a mi Oriana, le di ese libro, y poco tiempo después volvió, ahora en mi casa tengo dos copias y una familia. A mi esposa el primer año de conocernos le di muchos libros, incluso los escritos por mí, hasta que me pidió por fines prácticos variar a veces el tipo de regalo. Ella financió gran parte de mi segundo libro. 


Luego me volví padre, y claro que quiero que mi hijo sea lector pero si algo nos ha enseñado la historia y la experiencias, es que la obligación y la presión no se pueden controlar. Si quieres que tu hijo sea futbolista y pones todos tus esfuerzo en eso, las dos posibilidades más altas son que tu hijo odie el fútbol o se obsesione con él, y ambas opciones son igual de tóxicas. Yo nunca presioné el lenguaje y lectura en mi hijo, lo único que hicimos en casa fue no dejar de conversar nunca, narrar su vida y las nuestras para que las historias poco a poco sean algo de todos los días. Ahora él no se calla pero estamos felices.  


Comenzamos a leer muy temprano, para dormir en los días difíciles, pero aún así usábamos más la música. Luego, para mejorar un poquito su concentración al iniciar la educación elemental, empecé a llevar un libro diario de mi trabajo a la casa, y él empezó a pedir que le leyeran, al principio un libro, luego 3, luego 5. A veces, al segundo libro, yo me negaba a seguir leyendo. Mi esposa me preguntó después de unos meses por qué, y es que escuche alguna vez que una mamá después de leer un par de cuentos apagaba la luz y se iba sin negociación del cuarto, tanto que su hija se dio cuenta que leer era un juego que como cualquier otro y tenía un límite claro, esa niña incluso llegó a leer a escondidas, con una linterna bajo la manta, pensando que esto era un acto de absoluta rebeldía. No fue hasta adulta que su madre le confesó que sabía que se quedaba leyendo y que ese era precisamente su propósito. 


También apliqué mi propia experiencia de juego, dejé los libros fuera del anaquel, mezclados con los juguetes, de esa manera a veces mi hijo jugaba con sus carros, y otras se cruzaba con un libro y era igual. Este experimento funcionó incluso con algunos vecinos más grandes que venían a jugar a casa, y de pronto se quedaban ojeando nuestros libros por media hora. Aún sigo en este camino, lo único que he tratado conscientemente es que mi hijo viva historias, consuma historias, experimente y si quiere aprenda. Con las experiencias como con la comida, los niños deben probarlo todo mientras crecen, esa biblioteca de sabores cobrará sentido después. 


Hace no tanto, leí un texto que establecía que leer y escribir se estaban convirtiendo en un privilegio cada vez más marcado, que la falta de lectura estaba generando una nueva forma de desigualdad social generalizada, porque cada vez son menos las personas que leen por placer y escriben a mano. Estas tareas son ahora puramente utilitarias, el mundo escribe y lee por obligación y por trabajo, el mundo ya no lee libros completos, pregunta y obtiene respuestas directas, no hay incomodidad, no hay repregunta o duda, hay punto A y punto B, ya no existe este caminar de largo aliento que te permite ver el paisaje. Por eso ahora más que nunca quiero dejarle a mi hijo una biblioteca, un privilegio, un paraíso poco práctico. 


Finalmente, puedo decir como muchos que los libros me salvaron, que escribir me dio propósito, pero ya no conozco otro camino y las razones han cambiando a lo largo del tiempo. Solo sé que escribo, que quiero escribir y leer más, que estoy en extinción hace mucho. Escribo para que me quieran como dijo García Marquéz, escribo para exorcizar, para conjurar, para proteger, para invocar, para tantas cosas que dijo Pizarnik, escribo porque es mi misión y porque no tengo otra salida, como pensaba Pessoa. Escribo porque el mundo no existe y mis palabras tampoco, y yo quiero sobre todo existir.


miércoles, 11 de marzo de 2026

El Sol - René Espinosa. La última inocencia 2011


Tengo una caja de ausencia.

Tórax de cartón, lugar sin centro.

Hay cosas que no tienen nombre dentro de mí,

cosas que guardo como tesoros 

o vergüenzas.


Cierro la caja y cierro la boca, 

me enseñé a decir cuando quería besar,

y el vértigo en mí no se parece al miedo,

es negarse al deseo de caer hasta el fondo.


Cierro los ojos para buscar sus ojos. 

Sin su mirada no voy a poder vivir,

pero ella no es el sol,

es el horizonte solamente,

una foto entre tesoros olvidados,

un refugio para su propia lluvia. 


No puedo reconstruir el sol. 

Sospecho que soy el cielo,

y los pedazos guardados en la caja

tampoco completan el paisaje. 

En esta historia hay un sacrificio

hay un engaño,

una ofrenda para el eclipse. 


sábado, 21 de febrero de 2026

El Palacio del Hielo - René Espinosa C

En mi infancia practiqué muchos deportes. Recuerdo casi como una película antigua que a los 3 años mis padres inscribieron en clases de karate. No recuerdo haber ido más de 2 veces, pero veo todavía a mi bisabuelo recogiéndome al final de la clase y luego caminar con él las 6 cuadras que había hasta mi casa. 

También estuvo el fútbol. Tenía, como todos mis amigos y muchos niños en el mundo, el sueño de ser futbolista. Primero quería ser delantero, luego quería ser como René Iguita, luego, más de acuerdo con mis posibilidades físicas y mi velocidad, quería jugar de lateral. A los 15 años, cuando ya no me eligieron para jugar en El Nacional, y esa fue una de mis grandes decepciones de la infancia.


Básquet, tenis, gimnasia, patineta, bicicleta, MMA, ciclismo, baseball, surf, todos fueron una parte muy seria de mis juegos, y aunque a veces solo duraron un verano, dos meses en años de niños pueden ser una eternidad, una carrera deportiva, un récord olímpico. Nunca fui muy bueno en ninguno, pero nunca fui malo tampoco. Entre mis amigos artistas, escritores, cineastas y profesores a veces me siento Messi. Entre mis amigos deportistas ya no soy tan bueno, diría que bastante regular pero confiable.


En el verano del 2000, para no repetir campamento de verano, mi madre me sugirió buscar por mí mismo un curso que me interese. En el periódico, encontré un anuncio  de la Concentración Deportiva de Pichincha y casi al final de la lista estaba Hockey, un deporte raro incluso para este frío andino, pero no del todo desconocido. Jugamos a veces con algunos amigos y primos, a alguien le habían regalado una chueca, creo que a mi primo Ricardo, y a los pocos meses todos teníamos una. El que no tenía, o los amigos que se sumaban a completar los equipos, debía usar una escoba.  También habíamos visto Los poderosos patos, una saga completa de películas sobre niños de Minnesota que crecen jugando hockey,  incluso llegan a los Juegos de Invierno, en la segunda película, y se vuelven campeones mundiales. Todo a fuerza de no rendirse, y aceptar que ser del grupo de los raros da resultados, a largo plazo. 


Ese verano la pasé muy bien, volví el verano siguiente, y volví definitivamente a los 15 años, después de ese último intento en el fútbol.  Puedo decir que es el único deporte en el que fui bueno, excesivamente bueno, tan bueno que fui creído y atorrante. Entrenaba dos veces por semana, todas las semanas por un año, tal vez un poco más. Salía de mi colegio en el bus que iba al norte, comía en los graderíos de la pista, empezaba a entrenar a las 3 y regresaba a mi casa en el bus de las 5:30. Mi padre poco a poco me compró todo el equipo, aunque seguía triste por el fútbol. Mi madre buscó las piezas faltantes con una tía que vivía en el extranjero. - Hasta que le atinamos al hockey.- dicen todavía cuando recuerdan mi historial deportivo. 


Además de la disciplina, la fuerza y lo que siempre debería venir con el deporte, gane confianza y muchas historias. Fue también en esta época que empezaron las salidas no supervisadas con los amigos y las primeras citas. Fue mientras esperaba a que inicie el entrenamiento que di mi primer beso, y fue por el Hockey que llegué al Palacio del hielo. Era la pista de patinaje de unos de los centros comerciales de Quito, y ahí pasé mi adolescencia. Muchas veces íbamos a ese centro comercial a pasar la tardes, en el verano nos encontrábamos ahí para jugar bolos o ir al cine, y después terminábamos obligatoriamente en la pista. No recuerdo cuántas veces estuve ahí, hace mucho perdí la cuenta.


Recuerdo vagamente una tarde de viernes o sábado a mis 16 años. Es un recuerdo muy importante pero inexacto, no sé con quién fui, ni qué hacía ahí esa vez. Conservo solamente  una parte, como si todo lo demás estuviera desenfocado, como si me hubiera concentrado mucho en lo que voy a contar y todo lo demás perdió poco a poco su importancia. Estaba en el hielo y vi pasar a mi lado a una chica, patinaba entre la gente a toda velocidad. Era muy buena y rápida, pero tranquila, como si a pesar de la velocidad todo pasara en cámara lenta, con el viento que pasa y una sonrisa. Solo las patinadoras artísticas, los jugadores de hockey y yo patinábamos así, y ella no pertenecía a ninguno de esos grupos. Como dije, nada a partir de este momento es completamente confiable, sin duda está exagerado, distorsionado por la vanidad, la idealización, pero también por el cariño. Ya no es un recuerdo de la infancia, se ha repetido y revisado tanto que se ha convertido en una película de los 2000 que nunca fue grabada. 


En la escena de presentación, ella parecía la adolescente rebelde de las películas gringas. Sin duda era bonita, con la piel bronceada, pero además se veía despreocupada, un poco hecha la mala. Yo también me creía uno de esos adolescentes, y todavía me hago malo, pero todos somos siempre menos misteriosos y menos malos de lo que creemos. 


No estoy seguro pero creo que llegué a la pista con alguien más, y cuando mis amigos ya tuvieron que irse, yo les dije que me quedaba, tenía que hacerme amigo de esa niña. Todos esos años de patinar darían frutos, si tenía que impresionar a alguien era el momento. Solo sé que al final del turno me atreví a preguntarle su nombre y “me hice su amigo”.  No se si esa vez le pedí su teléfono, pero recuerdo que  esperé a encontrarla por azar el próximo viernes. 


Sé que varias veces les dije a mis papás que iba a patinar con mis amigos, pero iba solo. Llegaba a mi casa, comía, me subía al Camal - Aeropuerto y llegaba cerca de las 3. El turno de siempre era de 4 a 7. En la noche salía caminando del CCI al Quicentro y volvía en el mismo bus a mi casa. Esa época de adolescentes solos en la ciudad y de noche es cada vez más rara y lejana. Nunca pensé en los peligros, siempre valía la pena.


El segundo viernes coincidimos nuevamente, ella estaba con dos amigas y no tenían dinero para patinar. La estrategia en esos casos estaba ensayada, estas tres niñas se acercaban a adolescentes masculinos, y por lo tanto incautos, les pedían dinero y ellos, ante la sorpresa y medio tartamudos todavía, les dan algunas monedas. Solo los más despiertos intentaban mantener la conversación, unirse al grupo o pedir un número, y esos eran seres inusuales, casi inexistentes. De todas formas ellas dictaban las reglas, y sabían sacarse de encima oportunamente a todos.


Lo cierto es que no quisieron deshacerse de mí, y lo tomé como buena señal. Conversamos y patinamos dos horas, siempre en grupo, y yo buscaba cada oportunidad de hablarle a solas. Tampoco quisieron deshacerse de mí el siguiente viernes, e incluso me invitaron un momento a la casa de una de las ellas, que vivía justo enfrente. 


Después de eso no recuerdo más citas grupales. Siempre nos encontramos sin coordinar nada, sin escribir un mensaje, o fijamos el próximo encuentro antes de salir o solamente llegábamos a la pista de hielo el viernes siguiente. Esta historia en realidad debió durar unos pocos meses. Recuerdo que un par de veces patinamos poco y nos sentamos en los graderíos a conocernos y hablar. Le gustaba perseguir a las chicas que por alguna extraña razón iban a patinar en falda, solía pasar muy cerca de ellas, a toda velocidad o fingiendo distracción, si lograba que una cayera, era la victoria de la tarde. ¿Por qué alguien en su sano juicio, iría a patinar con falda? Nos gustaba también retarnos, jugar a la sombra, uno persiguiendo al otro, imitando todas las curvas cerradas, los giros, las frenadas, fue así que conocimos la enfermería de la pista, con ella tan pálida como el hielo, después de una gran caída.  Alguna vez incluso, tuve que llevar a mis amigos del colegio para demostrarles que ella era real, y no un invento. Estoy seguro que parecía imaginaria, ideal. 


Era la primera persona que me gustaba después de mi primera gran decepción amorosa, además era gentil y espontánea, en ese mundo que empezaba también a ser hostil.  En muchos sentidos fue un salvavidas. Estoy seguro que mi versión no es la suya, que se sorprendería de saber lo que fue para mí. 


Llegué a juntar el valor necesario para decirle que me gustaba. Estoy casi seguro que no fue frente a frente, se lo dije por mensaje de texto, y la respuesta fue buena. Esperé con ansias ese viernes para ver qué iba a ocurrir después de mi confesión. Ese día, apenas nos vimos supe que algo había cambiado, pero no era un rechazo, me dijo con tristeza que sus padres habían decidido que se iba a vivir en otra ciudad. No recuerdo el resto de la tarde, solo sé que nos despedimos al atardecer. Cuando ella se fue, empecé a llorar.


Mientras caminaba hasta el bus, no había más que pesimismo y pensé - solo falta que me roben. 20 metros después tuve que bajar a la calle y correr, porque la suerte existe, pero en días como ese solo existe la mala. Esta vez parecía que todo iba a estar bien, pero no. No más salvavidas, solo el mar infinito, solo la tormenta.


Volví varios viernes, solo. No patinaba, caminaba el centro comercial casi con miedo. Al principio no quería encontrarla, la despedida tenía que ser real y no una forma de deshacerse de mí


Hablamos muy poco, un par de mensajes a la semana, seguro estaría ocupada con la mudanza, con la nueva escuela, con la nueva ciudad. Yo no tenía, ni siquiera, la certeza, de quién era yo en su historia, de si le gustó alguna vez o si me quería. Al final, que era una docena de días viernes en mitad de una vida. Una noche, un par de meses después de la despedida, le envié un mensaje patético y triste, no sé las palabras exactas, tal vez solamente un te quiero.


Después, por la vergüenza y la distancia deje de escribir mensajes. Cuando iba a la pista, ahora sí, esperaba encontrarla, igual que antes confiando en el azar. Antes, si alguien perdía su teléfono y no tenía los números anotados en papel, la única forma de recuperarlos era encontrar a la persona. Supongo que me pasó algo así, porque no volvimos a tener contacto hasta la aparición de Facebook. El Palacio del Hielo seguía siendo mi lugar, y había recuerdos en el olor del frío.


El tiempo pasó y la vida también. Seguro intercambiamos mensajes amistosos y nostálgicos. Habíamos sido niños y todo parecía haber pasado hace tanto tiempo. El segundo año de universidad, me escribió un mensaje: “René, voy a Quito. Voy a estudiar en tu universidad”. Como siempre yo venía de otra mala racha y ella aparecía, otra vez, justo a tiempo. Quedamos en vernos la primera semana de clase. Yo salía con unos amigos al almuerzo y nos encontramos para ir a tomar unas cervezas. Todo estaba muy bien, ella estaba sentada a mi lado pero cuando nos quedamos solos yo no sabía de qué hablar. Me sentí tan tonto, tan derrotado, que cuando la acompañaba en silencio a su parada recuerdo pensar - qué triste que la vida me haya hecho tanta mierda que ya no sé ni qué decirte.


A pesar de eso nos vimos un par de veces más. Tal vez no recuerdo todas. Alguna vez fuimos a almorzar con sus amigos, y yo, igual, con mi cara de vergüenza, con mi silencio de héroe trágico. Sé que envié algunos mensajes muy directos, que aún parecen en las memorias de Facebook. Se que le escribí un par de cosas y se las di, ya sin ninguna otra intención que quedarme en sus recuerdos como ella en los míos. La vida siguió.


Volvió a pasar el tiempo. En 2014, nos encontramos por última vez. Me sentía muy confiado, todo estaba mejorando, golpe a golpe, verso a verso. Me preparé para ese encuentro. Nos veríamos obviamente en la pista del hielo. Patinamos una hora y media, fuimos a comer, esta vez conversamos mucho, recordamos mucho más. Con las nubes negras lejos, con mi paranoia olvidada, parecía claro que existía un cariño compartido pero lejano. Hace mucho que ese par de niños se habían querido un poco. Ahora dos personas completamente diferentes se tomaban un café juntos, sin tiempo para dejar cosas por decir. Al final, compartimos el mismo bus para regresar a casa. Le di mi libro, me dio un abrazo, sé que pensé en su olor, en el calor de su cuerpo. Mientras leía, frenó en una página y me dijo - ¿no es este el poema que me escribiste una vez?


Prometimos tener una segunda cita, pero no. Alguna vez nos vimos en la calle, en alguna farmacia, siempre con la misma sonrisa nostálgica y tierna de haber compartido un cariño que nunca fue. Es que hay personas que son parte de nosotros sin saberlo, que significan tanto porque siguieron viviendo en nuestro la sueños aunque solo nos dieron la mano un segundo.


Después de la pandemia, estaba en el centro comercial con mi esposa. Nuestra segunda cita también había sido en El Palacio del Hielo. De lejos se veía cerrada, tal vez porque el encierro había terminado hace muy poco. Cuando nos acercamos vi un letrero que decía:


Estimada Comunidad:

El Palacio del hielo informa el cierre de sus operaciones y agradece a sus clientes las experiencias vividas.


En mi cabeza tantas historias aparecieron una sobre otra, desdibujadas, mezcladas y en silencio. Solamente vino a mi boca un poema:


Se va con algo mío la tarde que se aleja;
mi dolor de vivir es un dolor de amar;
y al son de la garúa, en la antigua calleja,
me invade un infinito deseo de llorar.

Que son cosas de niño, me dices; quién me diera
tener una perenne inconsciencia infantil;
ser del reino del día y de la primavera,
del ruiseñor que canta y del alba de Abril.

¡Ah, ser pueril, ser puro, ser canoro, ser suave;-
trino, perfume o canto, crepúsculo o aurora-
como la flor que aroma la vida y no lo sabe,
como el astro que alumbra las noches y lo ignora!

    M.A. Silva

miércoles, 4 de febrero de 2026

Cuentos Infantiles - René Espinosa C.



Cuando tenía 15 años, mi mejor amigo Miguel me regaló un casete de música excesivamente romántica para acompañar nuestras primeras aventuras. Había reutilizado una cinta antigua que tenía escrito en la etiqueta “Cuentos Infantiles”. Él, siempre un poco adelantado, había dejado de ser un niño gordo y soñador, y en el último año se había convertido en un tipo alto y despierto. Yo nunca crecí tanto pero compartimos los primeros sufrimientos, cierta teatralidad poética, y mucha curiosidad.

Él había tenido ya su primer amor, incluso su primer desamor. Una amiga muy cercana había sido, por al menos dos años, su amor solamente platónico, pero no por falta de intentos o valentía, fue más bien por esa imagen que se crea en las personas que crecen juntas y la imposibilidad de ver o creer realmente los cambios del otro. Ella no podía ver en quien se había convertido su amigo y él no dejaba de pensar en la mujer que había reemplazado a la niña con la crecimos.

Track 2


Él también había tenido algunos romances más exitosos, no tan platónicos, más tangibles y prácticos, que iban transformando su ingenuidad inicial en valentía, y diría incluso experticia si no fuera porque, a esta edad, la mayoría de nuestros intentos terminaban en breves despechos, en canciones y poemas de desamor, en consejos de inexperto a inexperto: porque arrecho nunca muere. 

Track 3


A los 15 años, ver a mi amigo con novia me hizo pensar que yo también podía hacerlo. Recuerdo decirme fríamente, “creo que ya es hora”, y enfrentar con más curiosidad que ilusión dos romances infantiles. A mi primera novia no llegué a darle la mano, estuvimos casi un verano entero, por mensaje de texto, y la vergüenza pudo más cuando al finalizar las vacaciones, antes de vernos por primera vez en nuestro nuevo estatus, terminamos, y seguimos exactamente igual que los años anteriores, como buenos amigos. Recuerdo sus piernas.

Track 4


La segunda vez fue lo contrario. Esta niña no estaba en mi colegio, así que nos vimos muy poco pero nos besamos mucho. No sobrevivimos al tercer encuentro. Recuerdo su labios excesivamente suaves, y su saliva sabor a fresa.

Track 5


Estos romances tuvieron más de experimento que de amor, más de descubrimiento que de lágrimas. Yo aún no alcanzaba a mi amigo, él se recuperaba de los golpes y encontraba consuelo a sus amores fallidos en muchas otras facetas del deseo.

Track 6


Ese año, que parece un siglo, fue de muchos cambios. No recuerdo haber crecido tanto físicamente, pero dejar la infancia fue dejando en mí cierta tristeza que duraría ya para siempre. Al iniciar el siguiente año, recuerdo sentir al colegio como una cárcel. Mi poca vida estaba afuera en algún lugar, sin mencionar la soledad, la poesía, el vacío de dios, los sueños inmensos.

Track 7


La primera semana recuerdo contar los días, sin esperanza.  280 días para acabar el curso, 1010 días para dejar el colegio, para ser libre, para escapar de esa repetición infinita de días sin cambios, sin posibilidades. Había escuchado a mis amigos hablar de una chica nueva, impresionante decían. Pero la tristeza y la apatía me llevaron a pensar: “y que importa”. Si era tan bella, habría muchos pensando lo mismo, muchos con más posibilidades, con menos cansancio. 


Las canciones de ese casete que tenían sentido, tenían que ver con la soledad. Mis amores habían sido todavía imaginarios, personas todavía irreales y por lo tanto mías. Dicen que los niños empiezan a entender realmente que existen los otros cerca de los 8 años, es decir, que existen con sueños propios, con ideas propias, con voluntades propias y a veces contrarias a nosotros. Antes de eso, todos son personajes secundarios en una historia nuestra. Yo creo que no había entendido nada de eso hasta ese año, de esa falta de entendimiento nacieron también mis palabras.


Había pasado una semana y todo seguía tal como lo había pensado. Era el primer viernes del curso y los días pasaban lentos, arrastrándose, como lija. No había visto a la niña de las noticias, de hecho se me había olvidado por completo. Subí al bus que me llevaba a casa y me dejé caer en el asiento, en automático. Pienso en la nube que rodeaba esa cabeza y todavía siento pena por el que fui. Minutos antes de que el bus deje el colegio llegó apurada una muchacha pequeña, de piel dorada, con ojos grises. 

Track 8


La sensación de mi cuerpo al conocer ese cuerpo fue un desbalance completo, recuerdo mis palpitaciones aceleradas, el sudor frío, la náusea. Ahí estaba el abismo que son los otros, el espacio negro entre las células y las estrellas. Sabía que algo iba a cambiar, con final feliz o con triste, después de ese encuentro nada sería lo mismo. A pesar del golpe, mi reacción fue excesivamente calculada, la seguí con la mirada hasta que se sentó. Esta persona nueva en el colegio, aún sin amigos, conversó todo el camino con alguien que yo conocía. Ese instante el plan estaba completo. Mañana, seguramente volvería a sentarse con ella, yo fingiría conversar con mi amiga, y en nada estaría conversando con la niña de ojos grises. 

Track 9


Ese lunes a la 1:30 de la tarde, logré que todos en el bus ocuparan lugares diseñados específicamente por mí. Solo quedaron libres 4 asientos, uno a mi lado, uno junto a mi amiga y dos en la penúltima fila del bus, por un error de cálculo. La niña pasó frente a mí, me gustaría decir que me miró, pero no lo recuerdo y es probable que no, saludó a mi amiga, y decidió sentarse sola en los asientos del fondo. Siempre me he creído tímido, pero al recordar tantos intentos, a veces, me sorprendo. Con el primer fracaso y con un frío insoportable en el pecho, me levanté, crucé todo el autobús y sin importar si me vió o no, me planté frente a ella y le pregunté si me podía sentar. Dijo que sí.


Esta es otra historia aparte, pero el torbellino emocional estuvo acompañado por muchas de estas canciones. Este casete no resume mis gustos musicales de la época pero sí está estrechamente unido a ciertas sensaciones, a muchas tardes y noches, aunque en el día me gusta creer que la banda sonora era mucho más punk. Alejandro Sanz y Jarabe de Palo habían predicho mi inevitable lugar de amigo, y mi protesta ante la situación. Otras capturaban la lejana esperanza, yo “pretendiendo que surja ese momento”. Otras, finalmente, el despecho puro, sin distinguir género musical, porque yo en el amor son fui un idiota, que ha sufrido mil derrotas, que no tenía fuerzas para defenderme. Es casi cómico pensar en ese lejano sufrimiento, pero sería tonto negar que cada uno de esos dias, a vecez ridículos, no forman parte del que soy ahora. Sin mencionar que a esa cinta se unió un disco de mi papá, que se llamaba “Boleros del recuerdo”, la tapa en un lápida imaginaria de continuos desamores que, a veces, sufría pero no tenía.   


Solo aquellas criaturas que nunca escribirán cartas de amor son ridículas.

Track 11


Es fascinante pensar en cómo las historias se cruzan, cómo damos sentido a nuestra vida en función de las historias de otros. Podría escribir mi bibliografía en cuerpos, en canciones, en fotogramas, podría hablar de mí sin hablar de mí. 


Ese primer gran amor duró 3 años, con muchas ramificaciones, historias paralelas, tramas, subtramas y metaversos, en sus dos posibles acepciones, meta-universos y meta-versos, porque la segunda me parece más mía y más hermosa. Al final, nada se dio, ella era mayor, se graduó, no la volví a ver. Recuerdo sus ojos y su cintura, no recuerdo su voz, ni su olor tampoco. 


Mi amigo conoció ese año a la que sería su esposa, teníamos 17 años, nunca se volvieron a separar. Seguimos con la música, tocábamos en su casa a veces, mantuvimos los mismos rituales hasta el último día de clase. Luego la vida nos separaría lentamente. 

 

Lo cierto es que este casete me acompañó mucho, y no le perdí la pista ni siquiera por la avalancha de los CDs piratas, estuvo en mi velador hasta la llegada de un pequeñísimo ipod shuffle que se llenó de otras tragedias, mucho más adultas, y que me hizo perder la pista de tan preciado objeto. 


La última vez que lo ví fue antes de mudarme de país, 16 años después. Le había contado la historia a mi esposa mil veces, le había descrito cómo era, pero nunca lo habíamos escuchado juntos. Al volver del extranjero y buscar todo aquello que llevaría a mi casa, ya no logré encontrarlo. Lo busqué varias veces, intenté recordar todas las canciones que contenía pero no fue posible. En ese momento, me di cuenta con nostalgia, y con una sonrisa inocente que el casete nunca traicionó su nombre: siempre guardó nuestros cuentos infantiles.  


¿y por qué leo?

La relación con los libros no se construye a través de la lectura, se construye a través de los objetos. Me interesó siempre, por obvias raz...