En mi infancia practiqué muchos deportes. Recuerdo casi como una película antigua que a los 3 años mis padres inscribieron en clases de karate. No recuerdo haber ido más de 2 veces, pero veo todavía a mi bisabuelo recogiéndome al final de la clase y luego caminar con él las 6 cuadras que había hasta mi casa.
También estuvo el fútbol. Tenía, como todos mis amigos y muchos niños en el mundo, el sueño de ser futbolista. Primero quería ser delantero, luego quería ser como René Iguita, luego, más de acuerdo con mis posibilidades físicas y mi velocidad, quería jugar de lateral. A los 15 años, cuando ya no me eligieron para jugar en El Nacional, y esa fue una de mis grandes decepciones de la infancia.
Básquet, tenis, gimnasia, patineta, bicicleta, MMA, ciclismo, baseball, surf, todos fueron una parte muy seria de mis juegos, y aunque a veces solo duraron un verano, dos meses en años de niños pueden ser una eternidad, una carrera deportiva, un récord olímpico. Nunca fui muy bueno en ninguno, pero nunca fui malo tampoco. Entre mis amigos artistas, escritores, cineastas y profesores a veces me siento Messi. Entre mis amigos deportistas ya no soy tan bueno, diría que bastante regular pero confiable.
En el verano del 2000, para no repetir campamento de verano, mi madre me sugirió buscar por mí mismo un curso que me interese. En el periódico, encontré un anuncio de la Concentración Deportiva de Pichincha y casi al final de la lista estaba Hockey, un deporte raro incluso para este frío andino, pero no del todo desconocido. Jugamos a veces con algunos amigos y primos, a alguien le habían regalado una chueca, creo que a mi primo Ricardo, y a los pocos meses todos teníamos una. El que no tenía, o los amigos que se sumaban a completar los equipos, debía usar una escoba. También habíamos visto Los poderosos patos, una saga completa de películas sobre niños de Minnesota que crecen jugando hockey, incluso llegan a los Juegos de Invierno, en la segunda película, y se vuelven campeones mundiales. Todo a fuerza de no rendirse, y aceptar que ser del grupo de los raros da resultados, a largo plazo.
Ese verano la pasé muy bien, volví el verano siguiente, y volví definitivamente a los 15 años, después de ese último intento en el fútbol. Puedo decir que es el único deporte en el que fui bueno, excesivamente bueno, tan bueno que fui creído y atorrante. Entrenaba dos veces por semana, todas las semanas por un año, tal vez un poco más. Salía de mi colegio en el bus que iba al norte, comía en los graderíos de la pista, empezaba a entrenar a las 3 y regresaba a mi casa en el bus de las 5:30. Mi padre poco a poco me compró todo el equipo, aunque seguía triste por el fútbol. Mi madre buscó las piezas faltantes con una tía que vivía en el extranjero. - Hasta que le atinamos al hockey.- dicen todavía cuando recuerdan mi historial deportivo.
Además de la disciplina, la fuerza y lo que siempre debería venir con el deporte, gane confianza y muchas historias. Fue también en esta época que empezaron las salidas no supervisadas con los amigos y las primeras citas. Fue mientras esperaba a que inicie el entrenamiento que di mi primer beso, y fue por el Hockey que llegué al Palacio del hielo. Era la pista de patinaje de unos de los centros comerciales de Quito, y ahí pasé mi adolescencia. Muchas veces íbamos a ese centro comercial a pasar la tardes, en el verano nos encontrábamos ahí para jugar bolos o ir al cine, y después terminábamos obligatoriamente en la pista. No recuerdo cuántas veces estuve ahí, hace mucho perdí la cuenta.
Recuerdo vagamente una tarde de viernes o sábado a mis 16 años. Es un recuerdo muy importante pero inexacto, no sé con quién fui, ni qué hacía ahí esa vez. Conservo solamente una parte, como si todo lo demás estuviera desenfocado, como si me hubiera concentrado mucho en lo que voy a contar y todo lo demás perdió poco a poco su importancia. Estaba en el hielo y vi pasar a mi lado a una chica, patinaba entre la gente a toda velocidad. Era muy buena y rápida, pero tranquila, como si a pesar de la velocidad todo pasara en cámara lenta, con el viento que pasa y una sonrisa. Solo las patinadoras artísticas, los jugadores de hockey y yo patinábamos así, y ella no pertenecía a ninguno de esos grupos. Como dije, nada a partir de este momento es completamente confiable, sin duda está exagerado, distorsionado por la vanidad, la idealización, pero también por el cariño. Ya no es un recuerdo de la infancia, se ha repetido y revisado tanto que se ha convertido en una película de los 2000 que nunca fue grabada.
En la escena de presentación, ella parecía la adolescente rebelde de las películas gringas. Sin duda era bonita, con la piel bronceada, pero además se veía despreocupada, un poco hecha la mala. Yo también me creía uno de esos adolescentes, y todavía me hago malo, pero todos somos siempre menos misteriosos y menos malos de lo que creemos.
No estoy seguro pero creo que llegué a la pista con alguien más, y cuando mis amigos ya tuvieron que irse, yo les dije que me quedaba, tenía que hacerme amigo de esa niña. Todos esos años de patinar darían frutos, si tenía que impresionar a alguien era el momento. Solo sé que al final del turno me atreví a preguntarle su nombre y “me hice su amigo”. No se si esa vez le pedí su teléfono, pero recuerdo que esperé a encontrarla por azar el próximo viernes.
Sé que varias veces les dije a mis papás que iba a patinar con mis amigos, pero iba solo. Llegaba a mi casa, comía, me subía al Camal - Aeropuerto y llegaba cerca de las 3. El turno de siempre era de 4 a 7. En la noche salía caminando del CCI al Quicentro y volvía en el mismo bus a mi casa. Esa época de adolescentes solos en la ciudad y de noche es cada vez más rara y lejana. Nunca pensé en los peligros, siempre valía la pena.
El segundo viernes coincidimos nuevamente, ella estaba con dos amigas y no tenían dinero para patinar. La estrategia en esos casos estaba ensayada, estas tres niñas se acercaban a adolescentes masculinos, y por lo tanto incautos, les pedían dinero y ellos, ante la sorpresa y medio tartamudos todavía, les dan algunas monedas. Solo los más despiertos intentaban mantener la conversación, unirse al grupo o pedir un número, y esos eran seres inusuales, casi inexistentes. De todas formas ellas dictaban las reglas, y sabían sacarse de encima oportunamente a todos.
Lo cierto es que no quisieron deshacerse de mí, y lo tomé como buena señal. Conversamos y patinamos dos horas, siempre en grupo, y yo buscaba cada oportunidad de hablarle a solas. Tampoco quisieron deshacerse de mí el siguiente viernes, e incluso me invitaron un momento a la casa de una de las ellas, que vivía justo enfrente.
Después de eso no recuerdo más citas grupales. Siempre nos encontramos sin coordinar nada, sin escribir un mensaje, o fijamos el próximo encuentro antes de salir o solamente llegábamos a la pista de hielo el viernes siguiente. Esta historia en realidad debió durar unos pocos meses. Recuerdo que un par de veces patinamos poco y nos sentamos en los graderíos a conocernos y hablar. Le gustaba perseguir a las chicas que por alguna extraña razón iban a patinar en falda, solía pasar muy cerca de ellas, a toda velocidad o fingiendo distracción, si lograba que una cayera, era la victoria de la tarde. ¿Por qué alguien en su sano juicio, iría a patinar con falda? Nos gustaba también retarnos, jugar a la sombra, uno persiguiendo al otro, imitando todas las curvas cerradas, los giros, las frenadas, fue así que conocimos la enfermería de la pista, con ella tan pálida como el hielo, después de una gran caída. Alguna vez incluso, tuve que llevar a mis amigos del colegio para demostrarles que ella era real, y no un invento. Estoy seguro que parecía imaginaria, ideal.
Era la primera persona que me gustaba después de mi primera gran decepción amorosa, además era gentil y espontánea, en ese mundo que empezaba también a ser hostil. En muchos sentidos fue un salvavidas. Estoy seguro que mi versión no es la suya, que se sorprendería de saber lo que fue para mí.
Llegué a juntar el valor necesario para decirle que me gustaba. Estoy casi seguro que no fue frente a frente, se lo dije por mensaje de texto, y la respuesta fue buena. Esperé con ansias ese viernes para ver qué iba a ocurrir después de mi confesión. Ese día, apenas nos vimos supe que algo había cambiado, pero no era un rechazo, me dijo con tristeza que sus padres habían decidido que se iba a vivir en otra ciudad. No recuerdo el resto de la tarde, solo sé que nos despedimos al atardecer. Cuando ella se fue, empecé a llorar.
Mientras caminaba hasta el bus, no había más que pesimismo y pensé - solo falta que me roben. 20 metros después tuve que bajar a la calle y correr, porque la suerte existe, pero en días como ese solo existe la mala. Esta vez parecía que todo iba a estar bien, pero no. No más salvavidas, solo el mar infinito, solo la tormenta.
Volví varios viernes, solo. No patinaba, caminaba el centro comercial casi con miedo. Al principio no quería encontrarla, la despedida tenía que ser real y no una forma de deshacerse de mí
Hablamos muy poco, un par de mensajes a la semana, seguro estaría ocupada con la mudanza, con la nueva escuela, con la nueva ciudad. Yo no tenía, ni siquiera, la certeza, de quién era yo en su historia, de si le gustó alguna vez o si me quería. Al final, que era una docena de días viernes en mitad de una vida. Una noche, un par de meses después de la despedida, le envié un mensaje patético y triste, no sé las palabras exactas, tal vez solamente un te quiero.
Después, por la vergüenza y la distancia deje de escribir mensajes. Cuando iba a la pista, ahora sí, esperaba encontrarla, igual que antes confiando en el azar. Antes, si alguien perdía su teléfono y no tenía los números anotados en papel, la única forma de recuperarlos era encontrar a la persona. Supongo que me pasó algo así, porque no volvimos a tener contacto hasta la aparición de Facebook. El Palacio del Hielo seguía siendo mi lugar, y había recuerdos en el olor del frío.
El tiempo pasó y la vida también. Seguro intercambiamos mensajes amistosos y nostálgicos. Habíamos sido niños y todo parecía haber pasado hace tanto tiempo. El segundo año de universidad, me escribió un mensaje: “René, voy a Quito. Voy a estudiar en tu universidad”. Como siempre yo venía de otra mala racha y ella aparecía, otra vez, justo a tiempo. Quedamos en vernos la primera semana de clase. Yo salía con unos amigos al almuerzo y nos encontramos para ir a tomar unas cervezas. Todo estaba muy bien, ella estaba sentada a mi lado pero cuando nos quedamos solos yo no sabía de qué hablar. Me sentí tan tonto, tan derrotado, que cuando la acompañaba en silencio a su parada recuerdo pensar - qué triste que la vida me haya hecho tanta mierda que ya no sé ni qué decirte.
A pesar de eso nos vimos un par de veces más. Tal vez no recuerdo todas. Alguna vez fuimos a almorzar con sus amigos, y yo, igual, con mi cara de vergüenza, con mi silencio de héroe trágico. Sé que envié algunos mensajes muy directos, que aún parecen en las memorias de Facebook. Se que le escribí un par de cosas y se las di, ya sin ninguna otra intención que quedarme en sus recuerdos como ella en los míos. La vida siguió.
Volvió a pasar el tiempo. En 2014, nos encontramos por última vez. Me sentía muy confiado, todo estaba mejorando, golpe a golpe, verso a verso. Me preparé para ese encuentro. Nos veríamos obviamente en la pista del hielo. Patinamos una hora y media, fuimos a comer, esta vez conversamos mucho, recordamos mucho más. Con las nubes negras lejos, con mi paranoia olvidada, parecía claro que existía un cariño compartido pero lejano. Hace mucho que ese par de niños se habían querido un poco. Ahora dos personas completamente diferentes se tomaban un café juntos, sin tiempo para dejar cosas por decir. Al final, compartimos el mismo bus para regresar a casa. Le di mi libro, me dio un abrazo, sé que pensé en su olor, en el calor de su cuerpo. Mientras leía, frenó en una página y me dijo - ¿no es este el poema que me escribiste una vez?
Prometimos tener una segunda cita, pero no. Alguna vez nos vimos en la calle, en alguna farmacia, siempre con la misma sonrisa nostálgica y tierna de haber compartido un cariño que nunca fue. Es que hay personas que son parte de nosotros sin saberlo, que significan tanto porque siguieron viviendo en nuestro la sueños aunque solo nos dieron la mano un segundo.
Después de la pandemia, estaba en el centro comercial con mi esposa. Nuestra segunda cita también había sido en El Palacio del Hielo. De lejos se veía cerrada, tal vez porque el encierro había terminado hace muy poco. Cuando nos acercamos vi un letrero que decía:
Estimada Comunidad:
El Palacio del hielo informa el cierre de sus operaciones y agradece a sus clientes las experiencias vividas.
En mi cabeza tantas historias aparecieron una sobre otra, desdibujadas, mezcladas y en silencio. Solamente vino a mi boca un poema:
Se va con algo mío la tarde que se aleja;
mi dolor de vivir es un dolor de amar;
y al son de la garúa, en la antigua calleja,
me invade un infinito deseo de llorar.
Que son cosas de niño, me dices; quién me diera
tener una perenne inconsciencia infantil;
ser del reino del día y de la primavera,
del ruiseñor que canta y del alba de Abril.
¡Ah, ser pueril, ser puro, ser canoro, ser suave;-
trino, perfume o canto, crepúsculo o aurora-
como la flor que aroma la vida y no lo sabe,
como el astro que alumbra las noches y lo ignora!

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