Él había tenido ya su primer amor, incluso su primer desamor. Una amiga muy cercana había sido, por al menos dos años, su amor solamente platónico, pero no por falta de intentos o valentía, fue más bien por esa imagen que se crea en las personas que crecen juntas y la imposibilidad de ver o creer realmente los cambios del otro. Ella no podía ver en quien se había convertido su amigo y él no dejaba de pensar en la mujer que había reemplazado a la niña con la crecimos.
Él también había tenido algunos romances más exitosos, no tan platónicos, más tangibles y prácticos, que iban transformando su ingenuidad inicial en valentía, y diría incluso experticia si no fuera porque, a esta edad, la mayoría de nuestros intentos terminaban en breves despechos, en canciones y poemas de desamor, en consejos de inexperto a inexperto: porque arrecho nunca muere.
A los 15 años, ver a mi amigo con novia me hizo pensar que yo también podía hacerlo. Recuerdo decirme fríamente, “creo que ya es hora”, y enfrentar con más curiosidad que ilusión dos romances infantiles. A mi primera novia no llegué a darle la mano, estuvimos casi un verano entero, por mensaje de texto, y la vergüenza pudo más cuando al finalizar las vacaciones, antes de vernos por primera vez en nuestro nuevo estatus, terminamos, y seguimos exactamente igual que los años anteriores, como buenos amigos. Recuerdo sus piernas.
La segunda vez fue lo contrario. Esta niña no estaba en mi colegio, así que nos vimos muy poco pero nos besamos mucho. No sobrevivimos al tercer encuentro. Recuerdo su labios excesivamente suaves, y su saliva sabor a fresa.
Estos romances tuvieron más de experimento que de amor, más de descubrimiento que de lágrimas. Yo aún no alcanzaba a mi amigo, él se recuperaba de los golpes y encontraba consuelo a sus amores fallidos en muchas otras facetas del deseo.
Ese año, que parece un siglo, fue de muchos cambios. No recuerdo haber crecido tanto físicamente, pero dejar la infancia fue dejando en mí cierta tristeza que duraría ya para siempre. Al iniciar el siguiente año, recuerdo sentir al colegio como una cárcel. Mi poca vida estaba afuera en algún lugar, sin mencionar la soledad, la poesía, el vacío de dios, los sueños inmensos.
La primera semana recuerdo contar los días, sin esperanza. 280 días para acabar el curso, 1010 días para dejar el colegio, para ser libre, para escapar de esa repetición infinita de días sin cambios, sin posibilidades. Había escuchado a mis amigos hablar de una chica nueva, impresionante decían. Pero la tristeza y la apatía me llevaron a pensar: “y que importa”. Si era tan bella, habría muchos pensando lo mismo, muchos con más posibilidades, con menos cansancio.
Las canciones de ese casete que tenían sentido, tenían que ver con la soledad. Mis amores habían sido todavía imaginarios, personas todavía irreales y por lo tanto mías. Dicen que los niños empiezan a entender realmente que existen los otros cerca de los 8 años, es decir, que existen con sueños propios, con ideas propias, con voluntades propias y a veces contrarias a nosotros. Antes de eso, todos son personajes secundarios en una historia nuestra. Yo creo que no había entendido nada de eso hasta ese año, de esa falta de entendimiento nacieron también mis palabras.
Había pasado una semana y todo seguía tal como lo había pensado. Era el primer viernes del curso y los días pasaban lentos, arrastrándose, como lija. No había visto a la niña de las noticias, de hecho se me había olvidado por completo. Subí al bus que me llevaba a casa y me dejé caer en el asiento, en automático. Pienso en la nube que rodeaba esa cabeza y todavía siento pena por el que fui. Minutos antes de que el bus deje el colegio llegó apurada una muchacha pequeña, de piel dorada, con ojos grises.
La sensación de mi cuerpo al conocer ese cuerpo fue un desbalance completo, recuerdo mis palpitaciones aceleradas, el sudor frío, la náusea. Ahí estaba el abismo que son los otros, el espacio negro entre las células y las estrellas. Sabía que algo iba a cambiar, con final feliz o con triste, después de ese encuentro nada sería lo mismo. A pesar del golpe, mi reacción fue excesivamente calculada, la seguí con la mirada hasta que se sentó. Esta persona nueva en el colegio, aún sin amigos, conversó todo el camino con alguien que yo conocía. Ese instante el plan estaba completo. Mañana, seguramente volvería a sentarse con ella, yo fingiría conversar con mi amiga, y en nada estaría conversando con la niña de ojos grises.
Ese lunes a la 1:30 de la tarde, logré que todos en el bus ocuparan lugares diseñados específicamente por mí. Solo quedaron libres 4 asientos, uno a mi lado, uno junto a mi amiga y dos en la penúltima fila del bus, por un error de cálculo. La niña pasó frente a mí, me gustaría decir que me miró, pero no lo recuerdo y es probable que no, saludó a mi amiga, y decidió sentarse sola en los asientos del fondo. Siempre me he creído tímido, pero al recordar tantos intentos, a veces, me sorprendo. Con el primer fracaso y con un frío insoportable en el pecho, me levanté, crucé todo el autobús y sin importar si me vió o no, me planté frente a ella y le pregunté si me podía sentar. Dijo que sí.
Esta es otra historia aparte, pero el torbellino emocional estuvo acompañado por muchas de estas canciones. Este casete no resume mis gustos musicales de la época pero sí está estrechamente unido a ciertas sensaciones, a muchas tardes y noches, aunque en el día me gusta creer que la banda sonora era mucho más punk. Alejandro Sanz y Jarabe de Palo habían predicho mi inevitable lugar de amigo, y mi protesta ante la situación. Otras capturaban la lejana esperanza, yo “pretendiendo que surja ese momento”. Otras, finalmente, el despecho puro, sin distinguir género musical, porque yo en el amor son fui un idiota, que ha sufrido mil derrotas, que no tenía fuerzas para defenderme. Es casi cómico pensar en ese lejano sufrimiento, pero sería tonto negar que cada uno de esos dias, a vecez ridículos, no forman parte del que soy ahora. Sin mencionar que a esa cinta se unió un disco de mi papá, que se llamaba “Boleros del recuerdo”, la tapa en un lápida imaginaria de continuos desamores que, a veces, sufría pero no tenía.
Solo aquellas criaturas que nunca escribirán cartas de amor son ridículas.
Es fascinante pensar en cómo las historias se cruzan, cómo damos sentido a nuestra vida en función de las historias de otros. Podría escribir mi bibliografía en cuerpos, en canciones, en fotogramas, podría hablar de mí sin hablar de mí.
Ese primer gran amor duró 3 años, con muchas ramificaciones, historias paralelas, tramas, subtramas y metaversos, en sus dos posibles acepciones, meta-universos y meta-versos, porque la segunda me parece más mía y más hermosa. Al final, nada se dio, ella era mayor, se graduó, no la volví a ver. Recuerdo sus ojos y su cintura, no recuerdo su voz, ni su olor tampoco.
Mi amigo conoció ese año a la que sería su esposa, teníamos 17 años, nunca se volvieron a separar. Seguimos con la música, tocábamos en su casa a veces, mantuvimos los mismos rituales hasta el último día de clase. Luego la vida nos separaría lentamente.
Lo cierto es que este casete me acompañó mucho, y no le perdí la pista ni siquiera por la avalancha de los CDs piratas, estuvo en mi velador hasta la llegada de un pequeñísimo ipod shuffle que se llenó de otras tragedias, mucho más adultas, y que me hizo perder la pista de tan preciado objeto.
La última vez que lo ví fue antes de mudarme de país, 16 años después. Le había contado la historia a mi esposa mil veces, le había descrito cómo era, pero nunca lo habíamos escuchado juntos. Al volver del extranjero y buscar todo aquello que llevaría a mi casa, ya no logré encontrarlo. Lo busqué varias veces, intenté recordar todas las canciones que contenía pero no fue posible. En ese momento, me di cuenta con nostalgia, y con una sonrisa inocente que el casete nunca traicionó su nombre: siempre guardó nuestros cuentos infantiles.

Buenísimo René
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