La relación con los libros no se construye a través de la lectura, se construye a través de los objetos. Me interesó siempre, por obvias razones, mi propia relación con los libros. Recuerdo que al empezar a publicar o declarar mi intención de ser escritor, una de las preguntas más repetitivas de los conocidos de la familia, sobre todo de los mayores, era “¿y de dónde viene pues esta vena literaria?”. Mis abuelos orgullosos solían responder haciendo referencia a mi tío abuelo Raúl Silva, que también fue escritor, y no era mentira, sin embargo esta respuesta no tomaba en cuenta que yo no conocía a mi tío, lo había visto 1 o 2 veces en la vida debido a que vivía en Michigan desde hacía al menos 30 años antes de mi propio nacimiento. Las respuestas de mi padre eran parecidas pero mucho más míticas, el Silva, según él, iba de regreso hasta La Generación Decapitada, hecho que nunca fue demostrado y es seguramente ficticio. En todo caso, la habilidad de mi padre para crear historias es mucho más influyente que aquellos lazos sanguíneos, o lejanos o inexistentes.
La pregunta inicial y las hipótesis, sin embargo, ocultan una verdad. La escritura y la lectura no pueden ser espontáneas, como dijo Fernando Pessoa, escribo porque alguien escribió antes que yo, no sé si podría haber sido el primer poeta. Me dediqué entonces a pensar de dónde viene realmente mi gusto por los libros y la escritura, que acciones, omisiones, buenas y malas costumbres de los otros se volvieron parte de mí, y me pusieron en este camino. Cómo, yo que vengo de una familia de no lectores, me volví lector y aún más extraño, cómo me volví escritor.
No recuerdo ver a ninguno de mis padres o abuelos leer libros, todos eran consumidores rutinarios de los diarios. Esta costumbre era visible para mí sobre todo los fines de semana, cuando con el pan comprado a las 6:30 de la mañana, venía también el periódico, y la primera media hora del día, mientras el desayuno se servía o mientras los hijos terminaban de despertarse, se dedicaba a la lectura. Es un recuerdo valioso pero pequeño, y está acompañado de olores, sabores y bulla. Sin embargo, no recuerdo ver nunca literatura en las manos de mis mayores. Se que en mi casa aparecían cada cierto tiempo manuales de informática, libros para mí y mi hermana, pero no recuerdo a nadie leyendo para sí mismo, pausando la vida práctica, leyendo en el sillón al atardecer.
Mis padres si tenían la sana costumbre de leernos un par de cuentos antes de dormir, mi favorito era Peter Pan. Esta costumbre debió durar hasta cerca de los 11 años. No era algo diario pero sí frecuente, mi mamá aún recuerda que siempre pedíamos un cuento más, como todos los niños.
Un elemento que se debe tomar en cuenta es que las tres casas principales de mi familia contaban con bibliotecas. Mi abuelo nunca fue lector, eso sí, se había encargado a lo largo de su vida de comprar libros, colecciones y enciclopedias para, como él mismo decía, que los lean sus nietos cuando necesiten. Llegué incluso a encontrar joyas ocultas en la biblioteca de mi abuelo, como un ejemplar de 100 años de soledad de Sudamericana, que años más tarde me vi en la obligación de robar, pero nunca hablé con mi abuelo de ningún libro.
Mi tío abuelo, por otro lado, fue un gran lector y su biblioteca era aún más grande, sin embargo, trabajaba mucho, nunca estaba en casa, y aunque tenía un carácter amable y abierto, solo llegamos a conversar de literatura ya en mi vida adulta. Parte de su biblioteca se volvió mía cuando dejó su gran casa por un departamento de un solo andar y 3 dormitorios.
Lo importante es que los libros de esas bibliotecas no servían para ser leídos. Su primer uso, y tal vez el más importante, fue ser parte de los juegos que inventábamos incluso antes de saber leer. Los libros que antes de ser libros fueron bloques de construcción, piezas de dominó gigantes preparadas para una destrucción en cadena, piedras y puentes para jugar al piso es lava, casas y castillos para nuestros muñecos. Con mis primos, solíamos utilizar las enciclopedias del reino animal para un juego parecido al As, dos, tres. Un juez era el encargado de pasar las páginas como si fueran naipes, los participantes buscaban ganar los animales más feroces y poderosos mientras las hojas pasaban, solo tenías que ser el primero en colocar la mano sobre la página y el animal deseado. Por la velocidad, la fuerza, y el azar a veces eras león y otras veces más divertidas eras gusano o cucaracha gigante de Sudamérica.
Al pasar los años, muchos libros pasaron a ser mi guía de dibujo, copiaba los animales, las ilustraciones que tenía algunos, y unos pocos cuadros famosos que venían en las enciclopedias. Su uso pedagógico llegó recién en la secundaria y su uso literario empezaría el verano de 2003 o 2004 cuando mis escritos se volvieron poemas y se acababa el presupuesto de mis padres para comprar mis libros propios.
Se que la presencia de estos objetos fue importante porque mi hermana y todos mis primos, en algún momento llegaron a sus propios libros. Recuerdo pelear con mi hermana porque yo necesitaba un libro nuevo y ella defendía la economía familiar, también recuerdo menospreciarla infantilmente por no leer y acusarla de mensa y superficial, pero luego me sentí orgulloso de encontrar en su casa sus lecturas personales. Lo mismo me pasó como mi primo Carlos, en la adolescencia un ser mucho más empírico que yo, pero mucho más meditativo y lector, cuando fuimos compañeros de casa al cumplir los 20. Puedo decir que todos aquellos que jugaron con esos libros, aunque muy diferentes en la adolescencia y los años de locura, y aunque la mayoría abandonara por completo la lectura en esos mismos años, son ahora adultos que vuelven que leen, que tienen una amplia cultura general y vocabulario suficiente para pelear en los juegos y trivias de fin de año, incluso ahora.
Por otro lado, relaciono también los libros directamente con el cine. Las historias y la necesidad de conocer no dependen del formato, la presentación puede variar pero debemos convertirnos en consumidores de historias, al final el conocimiento viaja mejor con la anécdota, y lo que empieza con sorpresa se transforma en curiosidad. Mi contexto y época tienen, en ese sentido una ventaja, no podíamos elegir de un catálogo de libros, ni series, ni películas. Esto es contradictorio puesto que actualmente el acceso es casi infinito para el que sabe buscar, pero la curiosidad y la voracidad ciertamente han disminuido. La imposibilidad de elegir, de tener un algoritmo que se adapte a nuestras preferencias, fue muy productivo en términos de diversidad y fue un factor decisivo para la curiosidad. Debe haber incomodidad para descubrir, recuerdo odiar películas la primera media hora y guardarlas como tesoros toda la vida, también seguí emocionado algunas recomendaciones para decepcionarme después, o encontré por error y aburrimiento películas que quise mostrar a mi amigos insistentemente. Me gustaría saber cuanto tiempo de mi vida gasté en bibliotecas, videoclubs, páginas web piratas, solamente buscando nuevas historias, cuantas historias malas tuve que ver para encontrar esas que hoy guardo como mías. Además, estoy seguro que lejos de mis preferencias o la calidad de la materia prima, todo sirvió para iniciar una buena conversación, para conocer gente, para reír en una sobremesa, con un vaso de cola o de whisky. Soy, sin duda, todos los libros que leí, no importa si los guarde en mi mesa de noche, o si me arrepentí del tiempo que les dediqué cuando llegué a la última hoja.
En el caso de la escritura, rastrear el origen es mucho más complicado. La necesidad de contar mis propias historias, era el paso natural después de devorar tantas, pero es un paso que llega tarde, cuando ya hay vida suficiente. Cuando era pequeño me gustaba mucho inventar pero no escribir, lo narrativo pertenecía a la memoria y la oralidad, sólo escribía intentos de canciones y luego pequeños poemas. En esto también tiene responsabilidad mi familia, en la costumbre de mi abuela de tener el radio prendido todo el día, como un acompañante invisible, como parte del ambiente de la casa. Ella me cuidaba desde muy pequeño, yo llegaba a su casa a las 6:30 de la mañana y la radio ya estaba prendida, y el café ya estaba pasado. Los pasillos y la música nacional sin duda tienen que ver con mi poesía, con mi inicio modernista, con mi tragedia temprana. En la casa de mi abuela y la de mis padres aún se conserva la misma costumbre. Mis primeros versos vienen de la época del kinder y tienen mucho de música de bus, además de corresponder perfectamente con el estilo de la música bailable de los 90:
Alana Llerena
morena, bien buena.
Estoy seguro de que este “poema” fue de creación colectiva, participaron en su invención al menos dos compañeros que viajaban conmigo en el transporte del Kinder “Mi pequeño Toqui”. Alana fue la primera niña que me gustó.
Entre ese verso y la poesía formal pasaron alrededor de 10 años. A los 14 escribía periódicamente, con el mismo pretexto, escribía para alguien, generalmente una niña que quería en secreto. Cuando tenía 15 decidí que quería ser escritor. Mis primeros textos los entregué, como cartas, valientemente. Espero que se hayan perdido, porque recuerdo algunos con vergüenza. Otros fueron víctimas del lugar común donde los escritores queman sus escritos, yo lo hice a los 18 años en la terraza de mi casa, con solamente una persona como testigo, alguien querido, leíamos acostados en el tejado.
Poco a poco adopté una costumbre particular, a cada persona amada, le regalaba mi libro favorito. Creía que podían conocerme más leyendo ese libro que hablando conmigo. Compré una y otra vez el mismo libro. Amé y perdí muchas veces. Hasta que conocí a mi Oriana, le di ese libro, y poco tiempo después volvió, ahora en mi casa tengo dos copias y una familia. A mi esposa el primer año de conocernos le di muchos libros, incluso los escritos por mí, hasta que me pidió por fines prácticos variar a veces el tipo de regalo. Ella financió gran parte de mi segundo libro.
Luego me volví padre, y claro que quiero que mi hijo sea lector pero si algo nos ha enseñado la historia y la experiencias, es que la obligación y la presión no se pueden controlar. Si quieres que tu hijo sea futbolista y pones todos tus esfuerzo en eso, las dos posibilidades más altas son que tu hijo odie el fútbol o se obsesione con él, y ambas opciones son igual de tóxicas. Yo nunca presioné el lenguaje y lectura en mi hijo, lo único que hicimos en casa fue no dejar de conversar nunca, narrar su vida y las nuestras para que las historias poco a poco sean algo de todos los días. Ahora él no se calla pero estamos felices.
Comenzamos a leer muy temprano, para dormir en los días difíciles, pero aún así usábamos más la música. Luego, para mejorar un poquito su concentración al iniciar la educación elemental, empecé a llevar un libro diario de mi trabajo a la casa, y él empezó a pedir que le leyeran, al principio un libro, luego 3, luego 5. A veces, al segundo libro, yo me negaba a seguir leyendo. Mi esposa me preguntó después de unos meses por qué, y es que escuche alguna vez que una mamá después de leer un par de cuentos apagaba la luz y se iba sin negociación del cuarto, tanto que su hija se dio cuenta que leer era un juego que como cualquier otro y tenía un límite claro, esa niña incluso llegó a leer a escondidas, con una linterna bajo la manta, pensando que esto era un acto de absoluta rebeldía. No fue hasta adulta que su madre le confesó que sabía que se quedaba leyendo y que ese era precisamente su propósito.
También apliqué mi propia experiencia de juego, dejé los libros fuera del anaquel, mezclados con los juguetes, de esa manera a veces mi hijo jugaba con sus carros, y otras se cruzaba con un libro y era igual. Este experimento funcionó incluso con algunos vecinos más grandes que venían a jugar a casa, y de pronto se quedaban ojeando nuestros libros por media hora. Aún sigo en este camino, lo único que he tratado conscientemente es que mi hijo viva historias, consuma historias, experimente y si quiere aprenda. Con las experiencias como con la comida, los niños deben probarlo todo mientras crecen, esa biblioteca de sabores cobrará sentido después.
Hace no tanto, leí un texto que establecía que leer y escribir se estaban convirtiendo en un privilegio cada vez más marcado, que la falta de lectura estaba generando una nueva forma de desigualdad social generalizada, porque cada vez son menos las personas que leen por placer y escriben a mano. Estas tareas son ahora puramente utilitarias, el mundo escribe y lee por obligación y por trabajo, el mundo ya no lee libros completos, pregunta y obtiene respuestas directas, no hay incomodidad, no hay repregunta o duda, hay punto A y punto B, ya no existe este caminar de largo aliento que te permite ver el paisaje. Por eso ahora más que nunca quiero dejarle a mi hijo una biblioteca, un privilegio, un paraíso poco práctico.
Finalmente, puedo decir como muchos que los libros me salvaron, que escribir me dio propósito, pero ya no conozco otro camino y las razones han cambiando a lo largo del tiempo. Solo sé que escribo, que quiero escribir y leer más, que estoy en extinción hace mucho. Escribo para que me quieran como dijo García Marquéz, escribo para exorcizar, para conjurar, para proteger, para invocar, para tantas cosas que dijo Pizarnik, escribo porque es mi misión y porque no tengo otra salida, como pensaba Pessoa. Escribo porque el mundo no existe y mis palabras tampoco, y yo quiero sobre todo existir.



